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El triunfador

Por: César Montoya Ocampo / 

Qué iban imaginar el estanquero y la maestra de Manzanares, que su hijo Humberto, se iba a posicionar como un personaje estelar de la patria. Qué iban a suponer sus paisanos,con la alcancía intelectual llena con el nombre de Bernardo Arias Trujillo, que en la escuela pública estudiaba las primeras letras un párvulo travieso que mas tarde escalaría magistraturas y ministerios.

Qué iban a sospechar que aquel niño inquieto que ayudó a liar los bártulos de la familia  para huir de una guacherna  sectaria y violenta, pudiera ascender peldaños a las volandas para ser Presidente de Colombia.

Ese muchacho de camisa suelta, pantalones cortos y sandalias sin cordones, es Humberto De la Calle Lombana, nombre que reposa hoy en el corazón de todos los compatriotas.

Singular su vida movediza. El bachillerato y la universidad  los cubrió en la ciudad de Manizales, dejando, como mojones inolvidables anécdotas. Dicen que era un itinerante mechudo. Caminaba a lo camaján, con vestimenta al desgaire, bamboleando con ritmo sus caderas, con un tabaco kilométrico en los labios, desordenadas las caóticas madejas de su cabellera y lucía ojeras melancólicas a consecuencia de sus nocturnidades andariegas. Gustaba de los licores baratos, suspiraba con tangos sentimentales, enamoraba damiselas,  y su lenguaje se alimentaba de palabras fuertes. Era un bacán diletante y discursero, lector obsesivo de autores existencialistas, agnóstico en materia religiosa, líder en las huelgas estudiantiles, y cuando no comandaba los alborotos de los alumnos, se  clavaba en el aprendizaje de códigos y jurisprudencias.

Convivió con las locuras de Gonzalo Arango, el profeta nadaísta que enrieló las vocaciones de los jóvenes literatos por el libertinaje conceptual, desacrilizando mitos y fijando rutas quiméricas.Humberto fundó un grupo que bautizó las “Trece Pipas”, almácigo de copleros parlanchines y de prosistas que se entretenían en vagabundajes divertidos. Coetáneo suyo fue César Gaviria que en esas mocedades era otro mozalbete lunático a orillas del rio Otun.

Culminados sus estudios, comenzó su estela de hombre importante.  Tuvo cargos de relumbrón en la administración departamental de Caldas, fue Registrador Nacional del Estado Civil, Magistrado de la Honorable Corte Suprema de Justicia, Ministro de Gobierno, Vicepresidente de la República,e intervino a fondo en la elaboración de la Constitución de 1991. Fue tan decisoria su colaboración que los Constituyentes, de pie, por cinco minutos, lo aplaudieron como homenaje a los destellos de su inteligencia.

De la Calle se comprometió a fondo en los diálogos para culminar el fin del conflicto violento que padece el país desde hace más de cincuenta años. Hizo de La Habana, con su equipo de trabajo,  un sitio de voluntaria reclusión y por más de cuarenta y ocho meses estuvieron encerrados con los voceros de la guerrilla hasta coronar los acuerdos con éxito evidente.

Estamos frente a un liberal que desconoce el sectarismo, profundamente reservado,  que sabe esconder sus ambiciones, tiznado de humor fino y  lector voraz de buena literatura. Puede parecer antipático porque es tímido, tiene la marca del paisa y, con los anatoles,  suelta el áspero leguaje de los que galopan potros en la  Montaña.

Es un intelectual. Habla profesoralmente, con fino manejo del gesto,  le pone énfasis a las palabras, aplica tildes con manos contundentes y delata una abastecida cultura.Es un escritor elitista, que demuestra saturación de certidumbres, con estilo matemático. No es superfluo, desecha adjetivos y utiliza el idioma con sobriedad y pericia.

Todavía no podrá, como Cincinato, encerrarse a meditar en la placidez de la campiña. Tendrá que darle plazo a sus compromisos con el Humberto de la Calle que busca ríos melodiosos, y llanuras verdes, cielos abiertos y tardes decoradas, regodeándose en el alma difusa  de los libros. El teatro de la patria lo reclama como actor principal en el manejo pleno del poder.    Humberto de la Calle es un tesoro humano cuya estrella está a mitad  del combo cielo, a corta distancia del cenit. 

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