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Instrucciones sobre el fuego

Por: Pascual Gaviria / 

Lo primero es crecer el fuego, avivarlo con unos cuantos soplos en su base, hacer que desde lejos aumenten su resplandor y sus sombras. Luego es importante esparcir su humo, ahogar un poco a la gente que lo mira con temor desde una prudente distancia. Deformar con ese velo fastidioso y regar un poco de hollín y ceniza. También se deben prender unas cuentas antorchas y ponerlas cerca a la cara de los más crédulos, resaltar sus formas macabras, sus amenazas. Y dejar tirados algunos tizones para dar la impresión de que el fuego nos rodea y se propaga. Ayudar al enemigo a aparentar un poco de fuerza servirá para crecer: atraerá algunos temerosos, algunos guerreros, algunos inseguros necesitados de un bando bien definido. Es hora de frotarse las manos al calor del fuego enemigo. 

Llegado el momento de la gran expectativa, cuando el fuego debería ser extinguido bajo un conjunto de reglas y un supuesto orden, se dejan caer unos cuantos golpes de pala sobre la hoguera principal, golpes que dispersan las chispas en todas las direcciones, crean pequeños focos de fuego en las cercanías, hacen desaparecer la presunta amenaza y convierten a los temerosos, los guerreros y los inseguros en héroes y partidarios. Ahora el fuego es invisible para la mayoría, es insignificante para casi todos y se puede cantar una victoria sobre esa temida fantasía. Para los pequeños rezagos en la periferia se enviarán de nuevo a los guerreros más comprometidos, la tierra será la herramienta clave, cubrir esos pequeños focos. Ya se ha hecho antes. 

No digo que la estrategia haya sido planeada y ejecutada para llegar a ese resultado. La política rara vez entrega victorias o soluciones que sigan un libreto al pie de la letra. Al comienzo parecía un tema de supervivencia política, un simple temor a la derrota estruendosa. Las advertencias de un grupo exasperado, con terribles corazonadas electorales. Pero la inesperada victoria puede terminar en algo parecido a esa escena de incendiarios y cortafuegos en el mismo bando. El fuego de las Farc vuelve a su relativa insignificancia, se cambia su amenaza política ilusoria por una amenaza militar real pero lejana, cada vez más dispersa y con menos juego político. Los grandes enemigos del acuerdo podrán cobrar que no permitieron que las Farc tuvieran un papel más grande al que merecían en la política, pero deberán asumir el consecuente reguero de delincuencia y ausencia de verdad que puede significar su triunfo. Menos política, más poder armado, así sea con los fines más simples de los bandoleros. Y más justicia, al menos en el sentido clásico que pide una imagen al estilo Abimael Guzmán, y un poco más de violencia. Esas serán muy seguramente las consecuencias reales de los “ajustes y las claridades”. 

El entusiasmo y el compromiso acumulado durante cerca de cuatro años por los combatientes rasos comenzarán a diluirse. Sobre la obediencia de los mandos medios caerán la ambición y las tentaciones de grandes negocios conocidos y por conocer. Habrá más tiempo y más libertad para los temidos cambios de brazalete. La verdad será también más difusa y tendremos por delante una negociación o una confrontación más compleja a la que se anunciaba iba venir luego de aplicar los acuerdos de La Habana. De nuevo terminamos en un pulso de cabecillas, bien sea de partidos viejos o nacientes, de guerrilleros o bancadas. Pero las grandes decisiones se tomarán una a una en los cambuches. Al fondo sonará el viejo sonsonete de un gran acuerdo nacional. 

Twitter: @RabodeajiP

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